Skip to main content

Cuando hablamos de creatividad, a menudo la asociamos a talento, inspiración o momentos puntuales de genialidad. La colocamos en un lugar casi mágico, difícil de explicar y aún más difícil de reproducir. Sin embargo, en contextos profesionales y empresariales, esta visión no solo es poco útil, sino directamente limitante. La creatividad no es un chispazo ocasional: es una capacidad que se entrena, se estructura y se aplica con criterio. Y cuando no se trabaja de forma consciente, no desaparece de golpe, pero se debilita, se vuelve previsible o queda arrinconada por la urgencia y la rutina.

Durante mucho tiempo se ha hablado de la creatividad como si fuera un don reservado a unos pocos. Algo casi mágico, vinculado al talento innato, a la infancia o a perfiles especialmente “artísticos”. Sin embargo, esta visión no solo es limitada, sino poco útil. La creatividad no es un rasgo fijo: es una capacidad que se entrena, se desarrolla y, si no se trabaja, se atrofia.

La creatividad está presente en el ser humano desde la infancia, pero no se mantiene sola. Es la capacidad de establecer relaciones nuevas entre ideas existentes, de cuestionar lo que damos por hecho y de proponer soluciones diferentes a problemas conocidos. En esencia, es una forma de pensar y actuar frente a la realidad. Y como cualquier otra competencia, depende del uso que hagamos de ella a lo largo del tiempo.

Aquí conviene aplicar un filtro de realidad, no basta con decir que “todos somos creativos” si luego trabajamos en entornos que penalizan el error, castigan la diferencia y premian la repetición, la creatividad no desaparece por falta de talento, sino por exceso de miedo, rigidez y rutina.

Está claro: la creatividad hay que entrenarla.


Funciona como un músculo. Si no se ejercita, pierde tono, agilidad y confianza. Y recuperarla después cuesta más que haberla cuidado de forma constante. Entrenar la creatividad no implica grandes gestos ni sesiones épicas de brainstorming, sino hábitos sostenidos, espacios adecuados y una disposición real a probar, equivocarse y ajustar.

Para que la creatividad aparezca, nos tiene que encontrar practicando. Practicando sin garantías, sin resultados inmediatos y sin la obsesión por hacerlo “bien”. La creatividad necesita margen, tiempo y, sobre todo, permiso. Permiso para fallar, para explorar caminos poco evidentes y para formular preguntas incómodas.

Existen múltiples ejercicios que ayudan a activarla. No son fórmulas mágicas, pero sí herramientas útiles si se aplican con intención:

  • Uno de ellos es la combinación de ideas. Consiste en generar listas de conceptos aparentemente inconexos y forzar relaciones entre ellos. El objetivo no es llegar rápidamente a una buena idea, sino entrenar la mente para romper asociaciones automáticas y abrir nuevas posibilidades.
  • Otro ejercicio interesante es el group sketching. Dibujar ideas de forma colaborativa y permitir que otros las continúen introduce una variable clave: soltar el control. La creatividad no siempre surge del trabajo individual; muchas veces aparece cuando dejamos que otros transformen nuestras propuestas y las lleven más lejos de lo que habíamos imaginado.
  • También está la técnica SCAMPER, que propone cuestionar una idea desde diferentes ángulos: sustituir, combinar, adaptar, modificar, reutilizar, eliminar o reordenar. Más allá de la técnica en sí, lo valioso es el enfoque: aprender a mirar lo conocido con ojos nuevos.

Ahora bien, conviene aclarar algo importante. La creatividad no se busca como si estuviera fuera de nosotros. Ya está ahí. Lo que necesitamos es generar las condiciones para que se manifieste. Espacios menos saturados, tiempos sin urgencia constante y contextos donde pensar no sea considerado una pérdida de tiempo.

Además, hay ciertas actitudes que favorecen claramente el pensamiento creativo. La libertad, entendida no como ausencia de límites, sino como capacidad para explorar sin normas excesivas que bloqueen el flujo de ideas. La espontaneidad, que no se fuerza, pero se facilita cuanto más se practica. La curiosidad, motor esencial para cuestionar lo establecido y buscar nuevas conexiones. Y la sensibilidad, que permite percibir matices, necesidades y problemas que otros pasan por alto.

Creatividad no es improvisación permanente ni ocurrencias sin criterio, ni tampoco es un lujo reservado a la innovación “bonita”. Es una competencia estratégica, especialmente en contextos profesionales y empresariales complejos, donde repetir soluciones ya no es suficiente.

Entrenar la creatividad no va de acumular técnicas ni de forzar dinámicas “creativas” en agendas saturadas. Va de crear contextos donde pensar sea posible, donde cuestionar no sea penalizado y donde el error se entienda como parte del proceso, no como una amenaza. Sin estas condiciones, cualquier intento de activar la creatividad se queda en superficie.

Desde la práctica profesional, queda claro que innovar sin entrenar la creatividad suele derivar en soluciones previsibles con envoltorio nuevo. Y entrenar la creatividad sin un marco claro de decisión y aplicación acaba convirtiéndose en un ejercicio estético, interesante pero estéril. La diferencia está en el equilibrio: criterio, constancia y voluntad real de cambiar la manera de pensar, no solo las herramientas que utilizamos.


Eugenia Sanjuán | Socia fundadora | Asesora Acreditada en gestión de la Innovación por ACCIÓ | Asesora Empreses Culturals a l’ICEC | Project Management.

Cal Tip, Asesoramiento empresarial y competencial. Desarrollo integral de proyectos de innovación y cultura | Gestión de competencias profesionales